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Vista panorámica de Portoviejo desde el Cerro de Hojas o Jaboncillo


El Cerro de Jaboncillo donde se hallan estas muestras arqueológicas se encuentra entre los cantones de Montecristi y Portoviejo, aquí vivieron los manteños y no hubo en toda América prehispánica mayores navegantes que ellos, establecieron relaciones comerciales tanto con el norte como con el sur de América, ellos no llegaron a ser conquistados por los incas pero fueron los primeros indios en enfrentarse contra los españoles.

Manejaban el recurso hídrico para poder desarrollar la agricultura sobre terrazas de cultivo en el cerro.

Ramiro Molina, Historiador, dice: “Es un cerro que se encuentra en el centro de un espacio territorial geográfico de vital importancia, que tiene comunicación con todos los territorios aledaños y tiene una comunicación directa visual con el mar por que ellos eran los principales comerciantes del spondylus , ellos comercializaban el spondylus hacia diferentes partes de América en sus balsas eran pacíficos trabajaban muy bien la piedra, su alfarería era fina, finísima era mejor que la de centroamericana aunque el tallado de la piedra era un poco más rústica que la propia cultura de Centroamérica, fue una cultura que se iba desarrollando de muy buena manera. El Cerro de Jaboncillo se constituye en una verdadera reliquia en un verdadero tesoro arqueológico”.

Marshall Saville fue el primer arqueólogo en pisar este cerro hace cien años pero también fue el primer coaquero sacó más de 60 sillas de piedra ubicadas de media luna de este sitio que se supone era un centro de poder político y las envío al Museo del Indio Americano en Washington junto con sus informes de los estudios en Manabí.

Antropólogo Jorge Marcos, Subsecretario Patrimonio Cultural, dice: “El informe final en 1810, fecha muy interesante por que hay que tomar en cuenta que son fechas anteriores al descubrimiento de Machu Picchu”.

Arqueólogos, antropólogos e historiadores consideran que la ciudad perdida en el Cerro de Jaboncillo podría ser superior a lo que hoy es Machu Picchu y eso lo entusiasma a Miguel su protector.

Miguel Rodriguez, dice: “Si lo restauramos a este lugar no estaríamos no estaríamos hablando solamente de que se va a parecer a Machu Picchu sino de algo más grande, mucho más extenso por que tengo conocimiento de que en Machu Picchu en ese tiempo habitaron 2000 personas ese lugar, acá estamos hablando de más de 50000 personas”.

Que arquitectura sostenían estas piedras, podremos descubrir aquella sabiduría de los 50.000 habitantes de la vieja historia, como pudieron tallar en la roca misma de la montaña, tan útiles y térmicos silos para guardar el producto de sus cosechas.

Silos y pozos no son sino las obras que se encuentran a flor de tierra como testimonio de su ingenuo a igual que los andenes agrícolas,  pudiendo apreciar que cada hombre camina por una de las 6 terrazas que se encuentran a diferentes niveles.

Viejas técnicas que se han perdido con el tiempo pero que a Miguel el guardián voluntario heredero de los antiguos manteños lo han hecho reflexionar desde muy pequeño. Miguel Rodriguez, dice: “Desde niño entré acá sin que nadie me dijera nada, sin que nadie me enseñara nada, vine aquí y se abrió ese sendero, esa luz para yo verla, por eso siempre digo que yo vine del pasado soy un heredero de la cultura manteña, ese es mi sangre”.


Caída la tarde Miguel se acerca a otro de sus abuelos, un manso árbol de ceibo que lo acoge entre sus raíces para que el pueda mentar, para que pueda comunicarse con sus antepasados, para que este hombre con poca comunicación y mucha cultura pueda llenarse de sabiduría.

Pero llegada las 6 de la tarde Miguel tiene que correr a Picoazá para cuidar a los habitantes de su pueblo pues la leyenda dice que ha esa hora los malos espíritus ingresaban por este costado por eso construyeron la Capilla del Calvario, como buen ciudadano responsable Miguel cumple con la tarea de campanear encomendada por la comunidad y por eso llega a la debida hora para la tocar la campana muy especial.

Sólo las duras manos de un buen picoazo pueden ahuyentar a campanazos los malos espíritus para que los pobladores duerman tranquilos mientras el siga acariciando el sueño de ver a su cerro de Jaboncillo protegido, restaurado, recuperando la importancia que siempre tuvo en la América.